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jueves, 5 de marzo de 2015

Partícula para eucaristizarnos. Marzo 2015

«¡Cuántas veces se quejará Jesús 

de lo pronto que nos cansamos de Él! 

¡Qué pena da escribir: cansados de Jesús! 

De Él, ¡tan incansable en estarse en el Sagrario, 

ansioso de ganas de dar pan, paz, salud, perdón, 

consuelo y vida eterna al que se le acerque y pida!»

Florecillas de Sagrario: OO.CC. I, n. 642






¿Podemos imaginarnos a Dios agobiado y sentado sobre una piedra diciendo ¡no puedo más, esto me supera!? Recordemos las palabras del profeta «¿Es que no lo sabes? ¿Es que no lo has oído? Que Dios desde siempre es Yahveh, creador de los confines de la tierra, que no se cansa ni se fatiga, y cuya inteligencia es inescrutable» (Is 40,28). Él siempre está, nos espera para perdonarnos, curarnos, fortalecernos. «Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia» (Evangelii gaudium, 3).

San Mateo es quien ha querido que se grabasen en nuestro corazón las últimas palabras de Jesús resucitado «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Estas palabras son las que dan esperanza y sostén al verdadero creyente de poder contar con Jesús siempre. No se trata de un recuerdo amistoso, ni de una promesa vacía que se queda solo en la buena intención de quien la hace, sino que permanece con los suyos siempre. Él está vivo, anima y llena con su espíritu a la comunidad creyente, a la Iglesia, por eso da la seguridad de que cuando dos o tres se reúnen en su nombre allí está en medio de ellos.

Pero también nos regaló otra presencia asombrosa, aunque muy poco comprensible para la razón humana. En una aparente paradoja, la noche de la última cena pascual, cuando dice a sus discípulos que se irá, inaugura un modo nuevo de estar con nosotros mediante la presencia de su Cuerpo y Sangre en la Eucaristía.

Jesús se queda en cada Sagrario para que no sea la tristeza y la angustia quien nos oprima. Él quiere infundir, en lo más profundo de nosotros, la certeza de que no es la violencia o la dureza sino la fuerza inmensa del amor quien hace posible que nuestra vida llegue más allá de la muerte.


Cada encuentro con Él nos transmite una esperanza firme en medio de un mundo que presenta oscuras perspectivas y que parece bloquear toda confianza. Nos muestra el sentido de la auténtica orientación a nuestro vivir, pues a pesar de que nuestra sociedad nos ofrece medios placenteros y atractivos de vida, no nos dice cuál es la verdadera razón de nuestra existencia.


Acercándonos a Él experimentaremos la seguridad de que no hay sufrimiento que sea irrevocable, ningún fracaso sea absoluto, ninguna frustración definitiva y, sobre todo, que no hay pecado imperdonable.

Jesús vino a salvar al hombre y continúa ofreciendo su salvación en su presencia eucarística, pero muchas veces no encuentra quien quiera salvarse y esta presencia se hace inservible. A los creyentes, miembros de la Familia Eucarística Reparadora, nos tiene que doler que tantos no lo sepan, que no se aprovechen de ese don que ofrece pan, paz, salud, perdón, consuelo y vida eterna al que se le acerque y pida.

El beato Manuel González quería que todas las personas que se encontraba en su camino se diesen cuenta y se aprovechasen del don de la Eucaristía. Así, «desde los inicios de su vida parroquial, abría de par en par las puertas de la casa de Dios antes que ninguna otra casa del pueblo, para que todo el que por allí pasara, se diera cuenta de que los brazos abiertos del Corazón de Dios allí estaban esperando» (J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 246).


Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.



lunes, 2 de febrero de 2015

Partícula para eucaristizarnos. Febrero

«Una María es una persona corta para contar:
Cuando se trabaja por tan puro amor compasivo como la María,
no queda tiempo, ni ganas, ni interés
en presentar la cuenta ante el tribunal humano 
para que se la pague»

(cf. Florecillas de Sagrario: OO.CC. I, 627)



En nuestra sociedad es poco común ver gestos desinteresados y gratuitos. Todo se compra y se paga, no solo los bienes materiales, sino también la diversión, el trabajo, la enseñanza. Esto muestra que la cultura actual nos está convenciendo de la importancia de la egolatría como medio para ser más eficaz e importante. Se realzan como factores dominantes la comodidad, el éxito personal y la abundante posesión de bienes. Parece que la generosidad no tiene cabida en la vida.

Hasta muchas veces constatamos que, valores tan nobles como la amistad y el amor, pueden esconder una gran carga de intereses personales. Más aún, amar al que nos ama o ser servicial y simpático con quien lo es con nosotros, pueden continuar siendo las actitudes egoístas de quienes son movidos por la preferencia y la predilección.

Jesús quería y pensaba en una sociedad en la que los hombres y mujeres aprendiéramos a amar, no a quien mejor nos paga, sino a quien más nos necesita. «Cuando ofrezcas un banquete, llama a pobres, mancos, cojos, ciegos, y serás bienaventurado, ya que ellos no tienen para recompensarte; pues tú serás recompensado en la resurrección de los justos» (Lc 14,13-14). Por eso sería más noble que nos preguntemos y nos respondamos con sinceridad, qué buscamos cuando nos acercamos a los demás.

La gratuidad es pensar y actuar hacía los demás, hacia fuera, no hacia dentro. Es más fácil y, aparentemente satisfactorio, realizar un acto ostentoso por el cual nos aplaudan y nos feliciten, que con sencillez darnos a los otros sin conseguir ninguna ganancia, porque lo normal es procurarse el propio brillo, estar por encima de los demás, no querer ofrecer nuestra luz a los demás. «Todo es gracia (…) no tengo riquezas, mi riqueza es solo el don que he recibido: Dios. Esta gratuidad: ¡es nuestra riqueza!». «La predicación evangélica nace de la gratuidad, del estupor de la salvación que llega; lo que yo he recibido gratuitamente, debo darlo gratuitamente» (Papa Francisco 11/6/2013).

Ayudar a los demás sin hacer distinciones; pararse ante una persona que necesita; actuar con discreción y sencillez apareciendo y desapareciendo en el momento oportuno; resolver las situaciones que afectan a las personas en la medida de las posibilidades o buscar los medios para lograrlo, es saber amar con gratuidad y generosidad.

El creyente verdadero practica la generosidad en silencio, sin reflectores y sin propagandas en los medios sociales. Gratuitamente. Solo de esta manera será favorecido con la alegría interior, con la paz de Dios. Quien sigue a Jesús es consciente de las consecuencias que se derivan al ir por ese camino; su manera de actuar resultará ilógica, incómoda y molesta para mucha gente, pero, del mismo modo, sabe que esas actitudes llevan a la salvación definitiva, la que nos dio Él.

«El señor Obispo se acercará a ese pueblo, lo amará con toda la inmensa locura de un corazón enamorado del pobrísimo Jesús (…). Y como la gran limosna que el pueblo necesita es el cariño, el corazón, él se lo entregará a todos sin esperar nada, que no busca en ello más que hacer el bien y alegrar a Dios» (J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 246).

Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Partícula para eucaristizarnos Diciembre 2014



«Ante vuestros desalientos por la poca o ninguna cosecha, 
pensad que esto, el cosechar, no es vuestro, sino el sembrar. 
A eso vais a los pueblos; sembrad bien y buena semilla, 
y lo demás ¿qué os importa?»

Florecillas de Sagrario: OO.CC. I, 676

Diciembre 2014

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Partícula para eucaristizarnos. Noviembre 2014

¡Qué pena y vergüenza da escribir:
cansados de Jesús! 
De Él,
¡tan incansable en estarse en el Sagrario,
con ansia de ganas de dar
pan, paz, salud, perdón,
consuelo
y vida eterna al que se le acerque y pida!

(Florecillas de Sagrario: OO.CC. I, 642)


Sin duda, hoy son muchos los que pasan de Dios y viven en una actitud de total indiferencia ante cualquier llamada religiosa, convencidos de que eso ya «no está de moda». Se dicen cansados y Dios apenas significa gran cosa en sus planteamientos y en las actitudes que configuran la vida. Se justifican afirmando que Dios es un ser distante, que dirige la vida de los hombres desde una lejanía infinita y no se dan cuenta de su presencia cercana y deseo de amistad en el interior de su vida diaria.

También los cristianos podemos caer en una actitud de cansancio y de no acoger la salvación de Dios, porque tenemos una fe que confesamos solo verbalmente tantas veces; nos daremos cuenta de ello si vivimos convirtiéndonos, o solamente nos limitamos a creer en la conversión; o si verdaderamente amamos o nos limitamos a creer en el amor y no dejamos de ser los egoístas de toda la vida. Como dice el Papa Francisco: «También nosotros tantas veces lo rechazamos, preferimos quedarnos cerrados en nuestros errores, en la angustia de nuestros pecados. ¡Pero Jesús no desiste y no deja de ofrecerse a sí mismo y su gracia que nos salva! Jesús es paciente, sabe esperar y nos espera siempre» (5/1/2014).

Entonces, lo verdaderamente grandioso es que, aunque nosotros nos cansemos, Dios sigue viniendo a nosotros de muchas maneras, seguirá llamándonos y brindándonos su salvación sin cansarse. De tal forma que si nuestro corazón se ha alejado de Él, nosotros seguimos estando en su corazón. A pesar de nuestros olvidos seguimos siendo seres amados por Él, y sus deseos son de «dar pan, paz, salud, perdón, consuelo y vida eterna al que se le acerque y pida».

Así lo expresó el famoso y genial escritor inglés, Gilbert Keith Chesterton, al que una vez le preguntaron: «Si Jesús viviera en nuestro mundo actual, ¿qué cree usted que estaría haciendo?».
Chesterton, después de pensarlo un momento, respondió: «Él está viviendo en nuestro mundo actual. Él está viviendo en nosotros y amándonos».

Dios está presente en nuestra vida, prometiendo, garantizando y abriendo camino. Más que encima de nosotros, a Dios lo tenemos delante de nosotros, dentro de nosotros y junto a nosotros. «¡No agradeceremos nunca suficientemente al Señor por el don que nos ha hecho con la Eucaristía! Es un don muy grande (…) este Pan que es el Cuerpo de Jesucristo y que nos salva, nos perdona, nos une al Padre» (Papa Francisco 5/2/2014).
Muchas personas cambarían su actitud para con Dios si nosotros les ayudásemos a descubrir y les mostrásemos con nuestra manera de vivir que se ha quedado presente en la Eucaristía porque solo quiere la vida y la felicidad de los hombres y mujeres, y que no sabe ni puede hacer otra cosa más que amarnos.

El beato Manuel González «se complacía en meditar y saborear el amor de Jesús en el Sagrario, personal y concreto… a mí, al que le estoy hablando, al que tiene tantas miserias. A mí, a mí, y el corazón se le llenaba de gozo».

Por eso expresaba lo que debía ser su apertura a ese don: «Oblata del pan y vino de la Misa, con vuestra transubstanciación en el Cuerpo y Sangre de Cristo, ¡qué bien predicáis al Obispo el deber esencial, la ocupación única, la razón del ser y del poder de su episcopado, a saber, vaciarse totalmente de sí y llenarse enteramente de Jesucristo!» (El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., pp. 455. 453).

Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.

domingo, 3 de febrero de 2013

Partícula para eucaristizarnos - Febrero 2013


«¡Qué generoso sembrador es Jesús! Y ¡qué mezquinos sembradores somos nosotros! ¿Por qué el tiempo y la fuerza que empleamos en quejarnos de la ingratitud de “nuestras cosechas” no lo invertimos en admirar e imitar la caridad humilde del Sembrador generoso?» (En busca del Escondido, 7ª ed., pp. 15-16)
    «La gratitud de muchos no es más que la secreta esperanza de recibir», «favor por favor» y «hoy por ti, mañana por mí» son dichos populares que manifiestan una actitud muy común. Consciente o inconscientemente, casi siempre, esperamos correspondencia por los favores que hacemos. Si se hace un regalo o una invitación, hay un interés oculto en espera de reciprocidad. «No me han agradecido», es una queja que no pocas veces escuchamos.
    También nosotros, cristianos, que leemos y escuchamos tantas veces el evangelio, nos movemos, con mucha facilidad y frecuencia, en una dinámica de palabras que tienen relación con esa mentalidad: cobro, interés, merecimiento, derechos, etc., y no tanto en las que expresan gratuidad, regalo, don, gracia, desinterés.
    Jesús sale al encuentro y, para enderezar esa actitud, nos propone una manera diferente de colocarnos ante los demás: «Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Dichoso tú si no pueden pagarte» (Lc 14,1) o «habéis recibido gratis, dad gratis» (Mt 10,8)...

Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.

Puedes leer la "Partícula" completa AQUÍ

miércoles, 2 de enero de 2013

Partícula para eucaristizarnos - Enero 2013


«¿Quién quiere un año nuevo bueno? 
¿Quién lo quiere por lo menos mejor que el “viejo”? 
Nuestro año será lo que sean las horas de que se forman».
(En busca del Escondido, 7ª ed., p. 110)

    Al inicio de cada año nos felicitamos deseándonos un ¡Feliz año nuevo! Expresión que es sincera porque quiere manifestar un mayor bienestar en todos los sentidos.
   En los blogs de estos días se leen frases que transmiten buenos propósitos y deseos de una vida mejor. «Año nuevo, vida nueva», se dice. Aunque estos sentimientos los experimentamos siempre que vamos a comenzar algo, no es una realidad en la vida real. Un número nuevo en nuestros calendarios no incorporará nada nuevo en nosotros si no ponemos voluntad y audacia. Hablamos y escribimos de situaciones de crisis en el mundo, en la Iglesia, en nuestras comunidades, en las familias, pero esto no es suficiente. Es necesario dejar los lamentos y apostar por arriesgarnos e iniciar caminos nuevos. No podemos caer en la equivocación de creer que es más seguro y hasta más evangélico quedarnos en el mismo lugar y seguir haciendo lo de siempre.
   No volvamos a lo «viejo» que ya pasó. Debemos comenzar el año con un deseo sincero de buscar una renovación. Cada año que se nos regala nos ofrece un sinnúmero de posibilidades, una puerta abierta a nuevas oportunidades; es un tiempo de gracia y de salvación que nos invita a empezar a vivir de una manera nueva.
   Este año «será un año más o menos “bueno” en la medida en que cada uno, de acuerdo con sus responsabilidades, sepa colaborar con la gracia de Dios» (Benedicto XVI, Ángelus, 3/1/2010).
   Todos apostamos por un «año nuevo bueno». Entonces es necesario preguntarse, y también responder con sinceridad, qué es lo que quiero yo dé este año.
   Un año que no sea vacío, superficial y rutinario, sino que ame lo que se me dé con gozo y gratitud.
Año que de alegría y esperanza a aquellos que se encuentren conmigo, y no desaliento, desánimo o tristeza. Que por donde pase haga que la vida sea más gozosa y más fácil de llevar, no encerrándome en mi egoísmo y mi bienestar. Que las personas con quien vivo se sientan felices a mi lado.
   Año en que ponga sentido a lo que haga, alimentando la vida interior, el encuentro con el Señor, que no sea un correr de un lugar para otro, en una agobiante actividad.
   Una cosa es cierta: Dios siempre está empezando de nuevo con nosotros. Ni se cansa ni hay nada perdido con Él. Dios no se desanima por nuestras mediocridades o infidelidades. «Su compañía hará que este año, a pesar de sus inevitables dificultades, sea un camino lleno de alegría y de paz. En efecto, sólo si permanecemos unidos a Jesús, el año nuevo será bueno y feliz» (Benedicto XVI, Audiencia general, 7/1/2009).
   El Bto. Manuel González «no sabía de fronteras entre la piedad y la vida; era sobrenaturalmente natural. Lo extraordinario de su vida era que, con serlo tanto, no lo parecía. Alrededor suyo se respiraba una atmósfera limpia, tan llena de paz, que hacía fácil la vida.
   Hablando, comiendo, sufriendo, entregado al trabajo, riendo y bromeando, todo venía a terminar en su centro, sin salirse de su órbita: Jesucristo.
   No miraba nunca “de abajo arriba, como miran los hombres”, miraba siempre “de arriba abajo como mira Dios”» (El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 465).
Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Partícula para eucaristizarnos - Diciembre

«Quisiera ser un alma que constantemente cante: “Servir al Señor con alegría”. Con la alegría no sentida, no gustada, sino creída. Que la fe sea “quien alimente mi alegría sobrenatural”» (Beato Manuel González, "En busca del Escondido", 7ª ed., p.75)
   Hoy parece que la alegría es una conducta difícil de encontrar en muchas personas, más bien casi es excepcional. Modales ásperos, actitudes impacientes, a veces duras, gente que parece amargada y con rostro abatido. Esto lo vemos en la calle y puede convertirse en algo habitual.
   Así mismo, descubrimos muchos cristianos con una actitud resignada en la realización rutinaria de las obligaciones religiosas, en su postura aburguesada y en la falta de alegría en las celebraciones. Como si creer en Dios fuese una carga, una costumbre o una obligación, llegando a dar la impresión de que el Señor es un «aguafiestas» de la felicidad. Esto no muestra que una vida dedicada a Él es motivo de gozo y alegría.
   Sin embargo, nosotros sabemos que «Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: “sin el Creador la criatura se diluye”» (Benedicto XVI, Mensaje para la JMJ de 2011).
   Por eso, la alegría de un cristiano no es cerrar los ojos a la realidad del sufrimiento que hay en el mundo, ni es fruto de un temperamento que todo lo ve positivo o de alguien que dice no tener problemas. Un creyente también experimenta la dureza de la vida y pasa por las mismas dificultades y tiene las mismas debilidades que cualquier persona.
   La razón de esa alegría está más allá de la que se puede experimentar cuando las cosas salen bien. Es una alegría que se encuentra en el interior, nace de la relación íntima con Jesucristo y está sostenida por la fe en Él. Un creyente es una persona que vive alegre y contribuye a crear alegría en los ambientes en que se mueve, y la transparenta a todos los que le rodean. Manifestar una vida alegre es un rasgo característico del cristiano.
   «Si esta alegría resurge en nosotros, tocará también el corazón de los no creyentes. Sin esta alegría no somos capaces de convencer. Donde está presente, incluso sin pretenderlo, posee una fuerza misionera. En efecto, suscita en los hombres la pregunta de si aquí se halla verdaderamente el camino, si esta alegría guía efectivamente tras las huellas de Dios mismo» (Benedicto XVI, Homilía, 30/08/2009).
   Mirando a la realidad actual nos damos cuenta de que, hoy igual que siempre, nuestra sociedad está necesitada de testigos alegres de la fe, seguidores de Jesús que a pesar de sus crisis, vacilaciones y conflictos dolorosos puedan hablar de una experiencia gozosa con Él. Por eso, solo desde la alegría de la fe se puede tomar la determinación de vivir sinceramente según las exigencias del evangelio de Jesús.
   El Bto. Manuel González tenía la alegría propia del lugar donde nació, «pero esa alegría propia de su temperamento optimista y jovial, muchas veces era fruto maduro de sus vencimientos. Reía dolido por el desengaño, torturado por la enfermedad, reía no por él, sino por los demás; para que nadie notara sus penas y para aliviar las de aquellos que le rodeaban, y hasta en sus bromas brillaba el apóstol: “Que yo me dé todo y me dé con alegría”, es su propósito constante. Bendita alegría sobrenatural; la mejor traducción de aquel grito exultante de S. Pablo cargado de cadenas: “sobreabundo de gozo en medio de mis tribulaciones” (2 Cor 7, 4)» (El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 469).
Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.

Miembros de la Familia Eucarística Reparadora - México

martes, 4 de septiembre de 2012

Partícula para eucaristizarnos. Septiembre 2012



El cuadro de Rembrandt
«La compañía de compasión es la que hace mirar, hablar, oír, pedir, recibir, confiar, sentir y amar como y con Jesús Eucaristía»  
El abandono de los Sagrarios acompañados, 8ª ed., p. 152

En el cuadro pintado por Rembrandt sobre la parábola del hijo pródigo, se resalta con claridad la diferencia entre la figura acogedora y compasiva del Padre y la fría distancia de un personaje que está de perfil observando la escena. Es el hermano mayor que manifiesta una actitud de resentimiento y rechazo a la comprensión y acogida del Padre hacia su hermano menor que ha vuelto.
No nos resulta difícil afirmar que en la vida real se dan también estas reacciones. Cuando una persona se la considera culpable de algo, de forma instintiva, se toma una actitud de distancia y de rechazo hacía ella. Pero esto no solo sucede a cualquier persona sino que, a veces, también a nosotros los cristianos nos cuesta «usar de misericordia» cuando nos encontramos ante estas situaciones.
Precisamente la característica que más manifiesta Jesús en el Evangelio es la acogida a los más pobres y pecadores. Y lo más asombroso es que Él reprueba el mal y el pecado pero, a la vez, acoge a los pecadores.
En la Eucaristía «Jesús dice y hace lo mismo que hizo y dijo en el Evangelio», es el amor compasivo. Quiere acercarse a los hombres como Padre y como amigo.
Ese amor compasivo de Jesús no es conocido. Muchas veces se nos ha presentado la imagen de un Dios que hay que temer, no un Dios que nos ama. Por eso, es necesario que haya mensajeros de la misericordia y la compasión de Dios manifestado en la Eucaristía.
Pues, «¿cómo van a creerlo si no han oído hablar de Él? Y ¿cómo van a oír hablar de Él si nadie lo anuncia?» (Rm 10,14). En esto consiste nuestra llamada y nuestro envío, anunciar al mundo a Jesús vivo en la Eucaristía misericordioso y compasivo.
«En la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo» (Sacramentum caritatis, 88).
Hemos escuchado muchas veces que las palabras son creíbles cuando se garantizan con la vida, de lo contrario nada afectarán por muy apropiadas que estas sean.
Nosotros hemos sido llamados a vivir al estilo de Jesús Eucaristía, ¿qué sabemos decir de la misericordia de Jesús Eucaristía con nuestra forma de vivir? ¿de qué manera vivimos su «modo» de compasión en la vida ordinaria?
Reaccionar con misericordia, despertar a la compasión, es dar a la Iglesia un rostro más parecido al de Jesús.
«El Bto. Manuel González se acercará a ese pueblo, lo amará con toda la locura de un corazón enamorado del pobrísimo Jesús, sus manos estarán siempre derramando consuelos, sus limosnas remediarán males, él visitará a los enfermos, acariciará a los niños, y con la sencillez de un hermano se mezclará entre los pobres, para compadecer sus miserias y aliviarlas en la medida de sus fuerzas» (J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 246).
Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.

jueves, 5 de julio de 2012

Partícula para eucaristizarnos


Julio-Agosto 2012.

«Hogares, fábricas, clases, oficinas
en donde viven y trabajan comulgantes y visitadores de Jesús,
¿veis entrar por vuestras puertas hombres y mujeres eucarísticos?»
El abandono de los Sagrarios acompañados, 8ª ed., p. 161

Se ha conocido la existencia de Dios por transmisión de padres a hijos, de maestros a sus alumnos, de catequistas a sus catequizandos, de sacerdotes a los laicos, y así ha ido sucediendo en cientos de generaciones.

Pero en muchas ocasiones el testimonio de la vida no acompañaba a las palabras o enseñanzas, y se ponía mucha fuerza en la preocupación por el posible quebranto del depósito de la fe.

Sin embargo, el mayor problema, de hoy y siempre, no es quizá que no hablemos de la presencia de Jesús en la Eucaristía, sino en que no mostramos convencimiento de un encuentro que llena el corazón.

Quien participa plenamente de la Eucaristía no se acerca para liberarse del aturdimiento de la vida actual o sentir la tranquilidad de cumplir un deber religioso, sino para un encuentro personal con el Dios vivo que se ha revelado en Jesús. Es un encuentro que afecta a toda la persona porque toca la inteligencia, le corazón y la vida entera. «Cuando recibimos a Cristo, el amor de Dios se expande en lo íntimo de nuestro ser, modifica radicalmente nuestro corazón y nos hace capaces de gestos que, por la fuerza difusiva del bien, pueden transformar la vida de quienes están a nuestro lado» (BenedictoXVI, Caritas in veritate, 1).

Por eso un miembro de la FER ofrece siempre su experiencia de vida, no su sabiduría. Puede ser una mujer o un hombre muy sencillo y sin mucha cultura, pero es una persona que transmite a Dios.

No dice muchas cosas doctrinales y posiblemente no sepa mucho, pero experimenta algo que le ayuda a vivir y le transforma la vida y, aunque no lo pretendiese, allí donde llega lo irradia. Cuando comunica lo hace implicándose en ello, y quien le ve percibe en él o ella una convicción que contagia.

«El asombro por el don que Dios nos ha hecho en Cristo imprime en nuestra vida un dinamismo nuevo, comprometiéndonos a ser testigos de su amor. Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se comunica» (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 83).

La persona eucarística habla de Jesús como alguien a quien vale la pena entregarse, como un Dios que atrae. Si no es así, sus palabras pueden seguir alejando, sin darse cuenta, a la gente de Dios.

La persona eucarística interpela con su presencia, no culpabiliza ni echa en cara el pecado cometido, el error hecho o la debilidad, sino que invita, ofrece y acompaña a una vida más plena.

«“Que no haya dualidad en vuestra vida, sino que todo sea en vosotros efecto del mismo principio: dar compañía a Jesús”, decía el Bto. Manuel González. Sus visitas a Jesús Eucaristía, breves pero frecuentes, mantenían el calor de su corazón y centraban toda su atención en Él. Alrededor suyo se respiraba una atmósfera limpia, tan llena de paz, que hacía fácil la vida» (J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 464).

Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.