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domingo, 8 de mayo de 2016

¡Subió!


La gran Misa pontifical del sumo Sacerdote Jesús, comienza en la tierra en el seno purísimo de la Madre Inmaculada y termina en el cielo a la derecha del Padre, y mejor dicho, no termina, es eterno.


El sacrificio activo de Jesús en la tierra duró propiamente unas horas, las de su oblación voluntaria para la Pasión y la muerte y las de su inmolación por manos de los judíos. Pero el sacrificio pasivo de Jesús comenzó cuando comenzó el activo y no terminará eternamente.


Jesús no será más inmolado, no padecerá más, ni recibirá más muerte «ya no morirá», «la muerte no tendrá dominio sobre Él», pero siempre, siempre, eternamente ante el cielo y la tierra y los abismos, será el inmolado, el Cordero siempre inmolado[1] el pontífice de la gloria suprema de Dios, la Hostia de la redención universal y el altar de la más grata propiciación.


En el cielo, la luz que despiden las sagradas cicatrices del Cordero inmolado, es la luz que quita las noches de los días de la eternidad e inunda de claridades y bienandanzas los ámbitos todos de la gloria.




Sí, el sacrificio de Jesús será eterno:


1º Porque eterna es la aceptación que del mismo hace el Eterno Padre y eterno el gusto con que se recrea en él. Y


2º Porque eterna es la alabanza, la acción de gracias, la propiciación y la impetración que por el sacrificio de su Hijo recibe.


Siendo eterno el sacrificio del Hijo, sacerdote-Hostia, recreémonos en estas dulcísimas consecuencias:


1ª Eterna será la gratitud del Padre a su Hijo sacrificado y eterna la paga de gloria y exaltación que le dará a su humanidad y a su nombre.


2ª Eternamente en virtud de esa gratitud, el Padre no dará más beneficios naturales y sobrenaturales, sino por medio y por los méritos de su Hijo Jesús crucificado.


3ª Eternamente estará en lo más alto del cielo «sobre el monte de Sión» el Cordero, recibiendo el cántico de la alabanza y de la gratitud por su sacrificio, de los ángeles y de los santos: «Digno es el Cordero, que fue sacrificado, de recibir el poder, y la divinidad, y la sabiduría, y la fortaleza, y el honor, y la gloria y la bendición».


4ª Eternamente no habrá más razón para entrar y morar en el cielo, en torno del Cordero, que la de ser imágenes vivas de Jesús crucificado, reproducciones del Cordero sacrificado y de la Hostia viva y callada del altar ¡El cielo es la patria de las hostias!



¡Qué bellamente y qué gráficamente están expresadas todas esas exaltaciones con que el Padre acepta y agradece y paga el sacrificio de su Hijo sacerdote en las palabras de nuestro símbolo: «...subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso».


¡Subió! Midamos, si podemos, hasta dónde descendió y calcularemos hasta dónde subió!


¡Subió! Desde las profundidades de los abismos, no obstante el peso de la losa del sepulcro, a pesar de los clavos con que lo sujetaron a la cruz, desde el fondo del mar de ignominias y calumnias...

Cuando llegó la hora de subir, subió por su propia virtud, a la vista de los suyos, serenamente, majestuosamente...



Y «está sentado a la derecha de Dios Padre...». «Sentado» esto es, no de prestado, no de paso, no para recibir un premio, un homenaje y seguir o volver... «Sentado a la derecha», esto es, en igual gloria que su Padre en cuanto Dios, y en cuanto Hombre «en mayor que otro alguno», como enseña el catecismo.

  
La Ascensión de Cristo es nuestra exaltación. Y a donde precedió la gloria de la Cabeza, allí está llamada también la esperanza del cuerpo. Regocijémonos, amadísimos, con gozos dignos y alegrémonos con piadosas acciones de gracias, porque hoy, no sólo hemos sido asegurados como poseedores del paraíso, sino que, en Cristo, hemos penetrado en lo más alto de los cielos, ganando, por la inefable gracia de Cristo, mucho más que habíamos perdido por la envidia del diablo, pues los que el infernal enemigo derribó de la felicidad de la primera mansión, el Hijo de Dios, incorporándolos a sí, los ha colocado a la derecha de su Padre.

(Beato Manuel González)

Mes de María con el Beato Manuel González (8)


sábado, 2 de abril de 2016

¡Solamente creyendo en él!

Jesús callado en el Sagrario, me enseña con su sola presencia todo lo que debo creer, me da fuerza, comiéndolo, para que crea y para que viva de mi fe y además, por verlo con los ojos cerrados de mi cara y oírlo con los oídos de carne cerrados está dando a mi fe un valor y un mérito siempre crecientes.

El mérito de la fe de los que trataron a Jesús mortal estuvo en que, viendo sólo su humanidad, creyeron en su divinidad; el mérito de la fe de los que lo tratamos oculto y callado en el Sagrario es superior; por el solo estímulo de su gracia y por la sola autoridad de la Iglesia, sin ver nada lo creemos todo, sin oír nada lo obedecemos siempre, sin verlo ni oírlo ni gustarlo le rendimos cuanto somos.



Madre Inmaculada, que yo siga,
obedezca y ame a tu Jesús sin sentirlo,
sin verlo, sin oírlo y sin gustarlo...
¡solamente creyendo en Él!
(Beato Manuel González)

domingo, 27 de marzo de 2016

¡Corred a anunciar a Jesús vivo!


Id a prisa a decir que Jesús no está muerto, como se creía, sino vivo.

Predicad a Jesucristo vivo en la Eucaristía llevándolo vivo en vuestra alma por la gracia,
en vuestro corazón por la humildad, en vuestras obras por la caridad,
en vuestra mirada, en vuestra palabra...



  Sí, comulgantes, llevadlo vivo y veréis qué pronto creen.

(Beato Manuel González)


¡Feliz Pascua de Resurrección!


viernes, 25 de marzo de 2016

Entregándose siempre

Los hombres todos parece que hacen un alto en sus ocupa­ciones y preocupaciones de todos los días al llegar el Jueves y Viernes Santo, y cada uno a su manera deja entrar dentro de su alma el eco de esas palabras de nuestro símbolo: padeció y murió.



Hace veinte siglos que ocurrió lo que significan esas palabras, y para esa Pasión y Muerte aun hay lágrimas de compadecidos, gemidos de penitentes, heroísmo de imitadores, y también imprecaciones de populacho seducido, hipócritas protestas de perseguidores arteros, torpes subterfugios de cómplices cobardes y saña diabólica de verdugos de inocen­tes...

Padeció y murió, oyen decir los unos y rezan y lloran y piden perdón, y protestan amor y se aprestan a padecer y a morir por el que padeció y murió por ellos...

Padeció y murió, oyen los otros y, rechinando los dientes o lavándose hipócritamente las manos o gozándose en la sangre inocente, repiten el «crucifícalo», o el «no queremos que éste reine sobre nosotros», o el «preferimos a Barrabás», o el «queremos raer sobre la haz de la tierra su nombre».

Diríase que cada Viernes Santo que pasa, más que un aniversario y un recuerdo de aquel primer Viernes santo es una repetición del mismo.

Se repiten la piedad valiente y delicada de las Marías, la fidelidad de Juan, las lágrimas de la Virgen, la confesión del ladrón, la misericordiosa solicitud de los santos varones... y se repiten los odios y las seducciones y las ingratitudes, y los salivazos y las bofetadas y la cruz, y no se repite la muerte porque... no pueden.

Y pregunto:

¿Qué hombre es ése que padeció y murió y qué clase de padecimientos y de muerte son ésos que, a los veinte siglos de ocurridos, de ese modo conmueven todos los corazones como si ocurriesen en el día?
¿Conocéis algún muerto cuyos parientes y herederos lo lloren tantos siglos? ¿Conocéis algún muerto cuyos verdugos se lleven veinte siglos gozándose en su muerte? ¿Habéis visto más lágrimas sobre una víctima o más implacabilidad sobre un reo?
¿Y no les dicen nada a esos pobres verdugos esos veinte siglos de Pasión llorada por unos y repetida por otros? ¿No ven que ni ese amor ni ese odio son de esta tierra?
Si ese odio les dejara ver, ¡no ven!, se convencerían de que son amor y odio sobrehumanos; amor de cielo, odio de infierno.

Solamente con amor de cielo se puede amar tanto y por tanto tiempo y sólo con odio de infierno se puede odiar tanto y por tantos siglos. Los hombres solos no saben ni pueden odiar así. ¡Pobrecillos!

¡Pobrecillos los perseguidores!, perpetuamente condenados a servir a Barrabás, capitán de ladrones y viciosos, por no querer a Jesucristo Hijo de Dios vivo; condenados a bajar siempre del Calvario como los fariseos y los verdugos rechinando los dientes y confundidos por la ira de Dios, por no querer bajar como el Centurión, confesando que verdadera­mente aquel hombre era Hijo de Dios.

¡Pobrecillos y eternamente pobrecillos los perseguidores!

Ellos se irán con sus decretos persecutorios, con sus impiedades escritas, habladas o hechas, con sus intriguillas y con sus triunfos de poco tiempo; se irán, sí, como se fueron los que les precedieron en el oficio; pero el Jesu­cristo por ellos perseguido, la Iglesia Católica con su sacerdocio, su Misa y su Sagrario por ellos envidiada y escarnecida, ésos no se van.




Madre querida del eterno condenado a destierro y a muerte haz de mi corazón fortaleza y refugio para defensa y descanso de tu Jesús.

(Beato Manuel González)

jueves, 24 de marzo de 2016

En la noche en que había de ser entregado (1 Cor 11,23)


Para mí la línea que divide a la humanidad en dos grandes mitades la ha trazado el Jueves Santo.

En la tarde de ese día se creó el Sagrario. Yo creo que más que la diversidad de razas, el grado de cultura o de libertad de los pueblos, y el rango de los imperios y de las estirpes, diferencia a los hombres esta condición: Hombres con Sagrario y hombres sin él.

Escudríñese a la luz de la fe católica lo que significan estas dos palabras que se inventaron aquel mismo día: Sagrario y Comunión, y se deducirá que los hombres que están en posesión de ellas tienen con respecto a los que no las conocieron más diferencias, infinitamente más, que las que existieron entre los griegos y los romanos, entre los esclavos y los libres.

Estos tránsitos sociales han hecho gozar a los hombres de un poco o un mucho de bien, pero limitado y relativo.

El tránsito de no tener Sagrario a tenerlo ha puesto al hombre en goce y posesión de el Bien absoluto y sin limita­ciones.
Con todos aquellos bienes aun cabía llamarse y ser pobre y desdichado. Con este Bien del Sagrario se acabaron de verdad todas las pobrezas y desdichas de los hombres. ¿Que aun siguen mendigando y gimiendo?
Es verdad, pero es que seguramente esos hombres no han leído y mucho menos entendido la hoja del almanaque de este día cuando dice: JUEVES SANTO.



¡Si se enteraran, si se enteraran!

Marías, Discípulos de san Juan: ésa es vuestra misión: enseñar o recordar a los hombres que hay Jueves santo, que hay que agradecerlo siempre.

(Beato Manuel González)

sábado, 12 de marzo de 2016

¡Si fueran a Él los pecadores!


¿Y si los pecadores, si nosotros los pecadores, cuando el remordimiento nos carcome y la vergüenza de nuestras indignidades enrojece nuestras caras, cuando el demonio de la desesperación nos empuja a quitar remordimientos con el falso placer de pecados nuevos y nos cierra los ojos y el corazón para que no vean ni sientan la mirada siempre compasiva de Jesús, nos pusiéramos a orar ante Jesús del Sagrario y decirle la palabra de confianza: Padre; y la de confesión: pequé contra el cielo y contra Ti; y la de asco de sí: no soy digno de ser llamado hijo tuyo (Lc 15, 22), y la petición humilde de: recíbeme siquiera como a uno de tus criados, como el pródigo del Evangelio; y fuéramos a llorarle como la Magdalena y san Pedro, y con los ojos entornados por la confusión, y la boca abierta por la confianza, le repitiéramos el "ten piedad de mí, que soy un pecador" (Lc 18, 13) del humilde publicano...

¡Cómo sentiríamos la opresión de sus brazos sobre nuestros hombros y cuello, y el beso del perdón sobre nuestra frente y el "vete en paz, hijo, que tus pecados están perdonados" (Mt 9, 2) o el "Yo tampoco te condeno " (Jn 8, 11)

(Beato Manuel González)

sábado, 20 de febrero de 2016

¡Aquí sí que se está bien!

He meditado el misterio de la Transfiguración de nuestro Señor Jesucristo delante del Sagrario, y ante mi alma han desfilado sus cuatro transfiguraciones.

Os las voy a expresar deseoso de que aprendáis a decir más oportunamente que san Pedro: «¡qué bien se está aquí, Señor!».

La transfiguración de la pobreza

Es la primera que observo en Jesucristo Hombre.

¿Quién adivinará al Jesucristo Verbo y Sabiduría de Dios, Majestad y grandeza infinita, en el Niñito desnudo de Belén, abrigado con las pajas que no han querido comer las bestias y acostado en un pesebre abandonado?

¿Quién acierta a descubrir grandezas de Rey y magnificen­cias de Dios en aquellas escaseces de la media noche de Belén?

Es que la pobreza, llevada a un rigor cual nadie la había probado, está transfigurando a Jesús.

La transfiguración del dolor

Y en la calle de la Amargura y en el Calvario a las tres de la tarde del Viernes, ¿quién se atreverá a asegurar que aquella llaga viva desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza, aquel gusano y no hombre, era el Hijo bello de la hermosa Nazarena y el más hermoso de los hijos de los hombres?

Es que el dolor, concentrado en una acerbidad inaudita, está transfigurando a Jesús.

La transfiguración de la humildad

En Belén, aun a través de los pañales y las pajas de la pobreza, se veían unos ojos de cielo y se besaban unas manos tiernas y blancas... En el Calvario, por entre los labios cárdenos y la lengua seca por la calentura, se escapaba un aliento, debajo del pecho lastimado y desgarrado se sentía palpitar un Corazón.

En la sagrada Eucaristía ni se ven ojos, ni se besan manos, ni se perciben alientos ni palpitaciones...

El Hermoso no se ve..., la Palabra de Dios no se oye, el Poder de Dios no se mueve, el Amor no suspira... y, sin embargo, el Hermoso, el Verbo, el Poder, el Amor, está allí, como estaba tiritando de frío en Belén, como estaba sediento de amores en la Cruz... Sí, sí, me lo dice mi fe, mi concien­cia, hasta este mismo silencio del Sagrario me dice que está ahí Jesús transfigurado por la humildad.

Sí, sólo una humildad infinita ha podido tener perpetua­mente callada en la tierra la palabra viva de Dios.

La transfiguración de la gloria

Es la que a todos nos gusta más meditar: Jesucris­to en lo alto de la montaña, resplandeciente el rostro como el sol y blancas, con blancura de nieve, las vestiduras ¡qué atrayen­te, qué claramente Dios aparece!

Y mirad lo que hacen los hombres con ese Jesucristo transfigurado. Cuando el Evangelio va presentando las tres primeras transfiguraciones o desfiguraciones, ¡el silencio! es el único comentario que van poniendo los hombres; cuando describe la transfiguración de la gloria, entonces sí, y con una prisa que contrasta con el silencio de antes, prorrumpen por boca de Pedro en este grito: ¡Aquí sí que se está bien, Señor, quedémonos aquí para siempre...!

¡Qué hermanos son aquel silencio y este grito!, ¿verdad?

El Maestro no ha respondido nada a la invitación de Pedro; como se calla delante de todos los que sólo están a gusto con Él, cuando les regala dulzuras.

El Maestro sólo responde y con respuestas de dulcedumbres inefables y de bendiciones de fortaleza y de esperanzas a los que, transfigurados como Él en la tierra por la pobreza y el dolor, se van al Sagrario de las transfiguraciones de su humildad y con el mismo ardimiento y la misma prisa que san Pedro, le dicen: ¡Bien se está así, Señor, déjame estar transfigurado todo el tiempo que Tú quieras!

Y allí se quedan, en espíritu por lo menos, repitiendo con los labios el «bien se está aquí» y saboreando con el alma la palabra de esperanza de san Pablo: «Nosotros esperamos a nuestro Salvador Jesucristo que reformará el cuerpo de nuestra ruindad transfigurándolo en el cuerpo de su claridad» [1]. 

¡Bendito, bendito el Sagrario de nuestras transfiguracio­nes!


[1] Flp 3,21

(Beato Manuel González)

viernes, 5 de febrero de 2016

Contando contigo

"Señor, en tu nombre echaré la red".



¡Qué bien se armonizan en esta petición las dos condiciones para obtener el pan: el trabajo propio y la confianza en Dios!

Había trabajado toda una noche solo, es decir, contando con sus solas fuerzas y, a pesar de los esfuerzos y trajines de toda una noche de remar y echar las redes en todas las direcciones, ¡nada hemos cogido! 

Pero ahora, ante la vista de Jesús y obedeciendo sus mandatos, va a cambiar de procedimiento; ya no va a trabajar solo, sino en compañía de su Jesús, en tu nombre, contando contigo echaré la red. ¿El fruto? ¡Una pesca prodigiosa!

(Beato Manuel González)