Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de marzo de 2016

¡Corred a anunciar a Jesús vivo!


Id a prisa a decir que Jesús no está muerto, como se creía, sino vivo.

Predicad a Jesucristo vivo en la Eucaristía llevándolo vivo en vuestra alma por la gracia,
en vuestro corazón por la humildad, en vuestras obras por la caridad,
en vuestra mirada, en vuestra palabra...



  Sí, comulgantes, llevadlo vivo y veréis qué pronto creen.

(Beato Manuel González)


¡Feliz Pascua de Resurrección!


viernes, 25 de marzo de 2016

Entregándose siempre

Los hombres todos parece que hacen un alto en sus ocupa­ciones y preocupaciones de todos los días al llegar el Jueves y Viernes Santo, y cada uno a su manera deja entrar dentro de su alma el eco de esas palabras de nuestro símbolo: padeció y murió.



Hace veinte siglos que ocurrió lo que significan esas palabras, y para esa Pasión y Muerte aun hay lágrimas de compadecidos, gemidos de penitentes, heroísmo de imitadores, y también imprecaciones de populacho seducido, hipócritas protestas de perseguidores arteros, torpes subterfugios de cómplices cobardes y saña diabólica de verdugos de inocen­tes...

Padeció y murió, oyen decir los unos y rezan y lloran y piden perdón, y protestan amor y se aprestan a padecer y a morir por el que padeció y murió por ellos...

Padeció y murió, oyen los otros y, rechinando los dientes o lavándose hipócritamente las manos o gozándose en la sangre inocente, repiten el «crucifícalo», o el «no queremos que éste reine sobre nosotros», o el «preferimos a Barrabás», o el «queremos raer sobre la haz de la tierra su nombre».

Diríase que cada Viernes Santo que pasa, más que un aniversario y un recuerdo de aquel primer Viernes santo es una repetición del mismo.

Se repiten la piedad valiente y delicada de las Marías, la fidelidad de Juan, las lágrimas de la Virgen, la confesión del ladrón, la misericordiosa solicitud de los santos varones... y se repiten los odios y las seducciones y las ingratitudes, y los salivazos y las bofetadas y la cruz, y no se repite la muerte porque... no pueden.

Y pregunto:

¿Qué hombre es ése que padeció y murió y qué clase de padecimientos y de muerte son ésos que, a los veinte siglos de ocurridos, de ese modo conmueven todos los corazones como si ocurriesen en el día?
¿Conocéis algún muerto cuyos parientes y herederos lo lloren tantos siglos? ¿Conocéis algún muerto cuyos verdugos se lleven veinte siglos gozándose en su muerte? ¿Habéis visto más lágrimas sobre una víctima o más implacabilidad sobre un reo?
¿Y no les dicen nada a esos pobres verdugos esos veinte siglos de Pasión llorada por unos y repetida por otros? ¿No ven que ni ese amor ni ese odio son de esta tierra?
Si ese odio les dejara ver, ¡no ven!, se convencerían de que son amor y odio sobrehumanos; amor de cielo, odio de infierno.

Solamente con amor de cielo se puede amar tanto y por tanto tiempo y sólo con odio de infierno se puede odiar tanto y por tantos siglos. Los hombres solos no saben ni pueden odiar así. ¡Pobrecillos!

¡Pobrecillos los perseguidores!, perpetuamente condenados a servir a Barrabás, capitán de ladrones y viciosos, por no querer a Jesucristo Hijo de Dios vivo; condenados a bajar siempre del Calvario como los fariseos y los verdugos rechinando los dientes y confundidos por la ira de Dios, por no querer bajar como el Centurión, confesando que verdadera­mente aquel hombre era Hijo de Dios.

¡Pobrecillos y eternamente pobrecillos los perseguidores!

Ellos se irán con sus decretos persecutorios, con sus impiedades escritas, habladas o hechas, con sus intriguillas y con sus triunfos de poco tiempo; se irán, sí, como se fueron los que les precedieron en el oficio; pero el Jesu­cristo por ellos perseguido, la Iglesia Católica con su sacerdocio, su Misa y su Sagrario por ellos envidiada y escarnecida, ésos no se van.




Madre querida del eterno condenado a destierro y a muerte haz de mi corazón fortaleza y refugio para defensa y descanso de tu Jesús.

(Beato Manuel González)

jueves, 24 de marzo de 2016

En la noche en que había de ser entregado (1 Cor 11,23)


Para mí la línea que divide a la humanidad en dos grandes mitades la ha trazado el Jueves Santo.

En la tarde de ese día se creó el Sagrario. Yo creo que más que la diversidad de razas, el grado de cultura o de libertad de los pueblos, y el rango de los imperios y de las estirpes, diferencia a los hombres esta condición: Hombres con Sagrario y hombres sin él.

Escudríñese a la luz de la fe católica lo que significan estas dos palabras que se inventaron aquel mismo día: Sagrario y Comunión, y se deducirá que los hombres que están en posesión de ellas tienen con respecto a los que no las conocieron más diferencias, infinitamente más, que las que existieron entre los griegos y los romanos, entre los esclavos y los libres.

Estos tránsitos sociales han hecho gozar a los hombres de un poco o un mucho de bien, pero limitado y relativo.

El tránsito de no tener Sagrario a tenerlo ha puesto al hombre en goce y posesión de el Bien absoluto y sin limita­ciones.
Con todos aquellos bienes aun cabía llamarse y ser pobre y desdichado. Con este Bien del Sagrario se acabaron de verdad todas las pobrezas y desdichas de los hombres. ¿Que aun siguen mendigando y gimiendo?
Es verdad, pero es que seguramente esos hombres no han leído y mucho menos entendido la hoja del almanaque de este día cuando dice: JUEVES SANTO.



¡Si se enteraran, si se enteraran!

Marías, Discípulos de san Juan: ésa es vuestra misión: enseñar o recordar a los hombres que hay Jueves santo, que hay que agradecerlo siempre.

(Beato Manuel González)

sábado, 19 de marzo de 2016

El único camino


Han pasado ya cinco semanas desde el Miércoles de Ceniza, casi cuarenta días desde que sobre nuestra frente se trazó una cruz y se pronunciaron unas palabras que nos invitaban, un año más, a la conversión.

Nos presentamos ante ti con la vida entre las manos. Si aún nos queda alguna careta, nos la quitamos y nos descubrimos ante tu presencia.

Acoge nuestro pequeño corazón que anhela tu misericordia y transfórmalo para hacer posible que, junto a Ti, brote un renuevo de vida.

Que tu Espíritu Santo nos muestre el valor del sacrificio, el sentido profundo de la pasión y el significado de la cruz que en unos días contemplaremos.



¿Por qué ante Ti nadie queda indiferente?


A menudo vemos lo que haces por nosotros, pero ¿volvernos a Ti, convertirnos a Ti, arrojarnos en tus brazos?



Frente a la tentación de la mediocridad, me recuerdas la Palabra : "Sois dioses". Eso es bendición y reto: Que quien me vea te intuya. Ayúdame, desde mi manera de proceder sincera, llena de amor, a mostrar a este mundo herido, el rostro amoroso de tu Padre.


sábado, 12 de marzo de 2016

¡Si fueran a Él los pecadores!


¿Y si los pecadores, si nosotros los pecadores, cuando el remordimiento nos carcome y la vergüenza de nuestras indignidades enrojece nuestras caras, cuando el demonio de la desesperación nos empuja a quitar remordimientos con el falso placer de pecados nuevos y nos cierra los ojos y el corazón para que no vean ni sientan la mirada siempre compasiva de Jesús, nos pusiéramos a orar ante Jesús del Sagrario y decirle la palabra de confianza: Padre; y la de confesión: pequé contra el cielo y contra Ti; y la de asco de sí: no soy digno de ser llamado hijo tuyo (Lc 15, 22), y la petición humilde de: recíbeme siquiera como a uno de tus criados, como el pródigo del Evangelio; y fuéramos a llorarle como la Magdalena y san Pedro, y con los ojos entornados por la confusión, y la boca abierta por la confianza, le repitiéramos el "ten piedad de mí, que soy un pecador" (Lc 18, 13) del humilde publicano...

¡Cómo sentiríamos la opresión de sus brazos sobre nuestros hombros y cuello, y el beso del perdón sobre nuestra frente y el "vete en paz, hijo, que tus pecados están perdonados" (Mt 9, 2) o el "Yo tampoco te condeno " (Jn 8, 11)

(Beato Manuel González)

sábado, 20 de febrero de 2016

¡Aquí sí que se está bien!

He meditado el misterio de la Transfiguración de nuestro Señor Jesucristo delante del Sagrario, y ante mi alma han desfilado sus cuatro transfiguraciones.

Os las voy a expresar deseoso de que aprendáis a decir más oportunamente que san Pedro: «¡qué bien se está aquí, Señor!».

La transfiguración de la pobreza

Es la primera que observo en Jesucristo Hombre.

¿Quién adivinará al Jesucristo Verbo y Sabiduría de Dios, Majestad y grandeza infinita, en el Niñito desnudo de Belén, abrigado con las pajas que no han querido comer las bestias y acostado en un pesebre abandonado?

¿Quién acierta a descubrir grandezas de Rey y magnificen­cias de Dios en aquellas escaseces de la media noche de Belén?

Es que la pobreza, llevada a un rigor cual nadie la había probado, está transfigurando a Jesús.

La transfiguración del dolor

Y en la calle de la Amargura y en el Calvario a las tres de la tarde del Viernes, ¿quién se atreverá a asegurar que aquella llaga viva desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza, aquel gusano y no hombre, era el Hijo bello de la hermosa Nazarena y el más hermoso de los hijos de los hombres?

Es que el dolor, concentrado en una acerbidad inaudita, está transfigurando a Jesús.

La transfiguración de la humildad

En Belén, aun a través de los pañales y las pajas de la pobreza, se veían unos ojos de cielo y se besaban unas manos tiernas y blancas... En el Calvario, por entre los labios cárdenos y la lengua seca por la calentura, se escapaba un aliento, debajo del pecho lastimado y desgarrado se sentía palpitar un Corazón.

En la sagrada Eucaristía ni se ven ojos, ni se besan manos, ni se perciben alientos ni palpitaciones...

El Hermoso no se ve..., la Palabra de Dios no se oye, el Poder de Dios no se mueve, el Amor no suspira... y, sin embargo, el Hermoso, el Verbo, el Poder, el Amor, está allí, como estaba tiritando de frío en Belén, como estaba sediento de amores en la Cruz... Sí, sí, me lo dice mi fe, mi concien­cia, hasta este mismo silencio del Sagrario me dice que está ahí Jesús transfigurado por la humildad.

Sí, sólo una humildad infinita ha podido tener perpetua­mente callada en la tierra la palabra viva de Dios.

La transfiguración de la gloria

Es la que a todos nos gusta más meditar: Jesucris­to en lo alto de la montaña, resplandeciente el rostro como el sol y blancas, con blancura de nieve, las vestiduras ¡qué atrayen­te, qué claramente Dios aparece!

Y mirad lo que hacen los hombres con ese Jesucristo transfigurado. Cuando el Evangelio va presentando las tres primeras transfiguraciones o desfiguraciones, ¡el silencio! es el único comentario que van poniendo los hombres; cuando describe la transfiguración de la gloria, entonces sí, y con una prisa que contrasta con el silencio de antes, prorrumpen por boca de Pedro en este grito: ¡Aquí sí que se está bien, Señor, quedémonos aquí para siempre...!

¡Qué hermanos son aquel silencio y este grito!, ¿verdad?

El Maestro no ha respondido nada a la invitación de Pedro; como se calla delante de todos los que sólo están a gusto con Él, cuando les regala dulzuras.

El Maestro sólo responde y con respuestas de dulcedumbres inefables y de bendiciones de fortaleza y de esperanzas a los que, transfigurados como Él en la tierra por la pobreza y el dolor, se van al Sagrario de las transfiguraciones de su humildad y con el mismo ardimiento y la misma prisa que san Pedro, le dicen: ¡Bien se está así, Señor, déjame estar transfigurado todo el tiempo que Tú quieras!

Y allí se quedan, en espíritu por lo menos, repitiendo con los labios el «bien se está aquí» y saboreando con el alma la palabra de esperanza de san Pablo: «Nosotros esperamos a nuestro Salvador Jesucristo que reformará el cuerpo de nuestra ruindad transfigurándolo en el cuerpo de su claridad» [1]. 

¡Bendito, bendito el Sagrario de nuestras transfiguracio­nes!


[1] Flp 3,21

(Beato Manuel González)

viernes, 5 de febrero de 2016

Contando contigo

"Señor, en tu nombre echaré la red".



¡Qué bien se armonizan en esta petición las dos condiciones para obtener el pan: el trabajo propio y la confianza en Dios!

Había trabajado toda una noche solo, es decir, contando con sus solas fuerzas y, a pesar de los esfuerzos y trajines de toda una noche de remar y echar las redes en todas las direcciones, ¡nada hemos cogido! 

Pero ahora, ante la vista de Jesús y obedeciendo sus mandatos, va a cambiar de procedimiento; ya no va a trabajar solo, sino en compañía de su Jesús, en tu nombre, contando contigo echaré la red. ¿El fruto? ¡Una pesca prodigiosa!

(Beato Manuel González)

domingo, 29 de noviembre de 2015

Despierta. Recuerda que Dios viene

El Adviento es, por excelencia, tiempo de esperanza. Un año más se nos invita a permanecer en una espera activa, con la certeza que nos asegura, como nos recordaba Benedicto XVI, "que Dios "viene": viene a estar con nosotros, en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con él y entre nosotros. Viene a la historia de la humanidad, a llamar a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz".

Una espera que se teje en la oración y en el amor, donde nos hacemos conscientes de que Dios "es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarse con nosotros y visitarnos; porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

Dejémonos preparar el corazón para que el Señor lo encuentre bueno y abierto y pueda colmarlo de sus dones. Sigamos el ejemplo de María, Virgen del Adviento, "para entrar de verdad en este tiempo de gracia y acoger, con alegría y responsabilidad, la venida de Dios a nuestra historia personal y social".


¡Feliz Adviento!

sábado, 14 de noviembre de 2015

Los profetas permiten ver el futuro con esperanza.


1. Muchas personas, reflexionando sobre la situación de nuestro mundo, se sienten consternadas y, a veces, incluso angustiadas. Las perturba constatar conductas individuales o de grupo que muestran una desconcertante ausencia de valores. Nuestro pensamiento va, naturalmente, a ciertos sucesos, algunos recientes, que, a quien los observa con atención, le producen un escalofriante sentido de vacío.
¿Cómo no interrogarse sobre las causas, y cómo no sentir la necesidad de alguien que nos ayude a descifrar el misterio de la vida, permitiéndonos mirar con esperanza al futuro?
En la Biblia, los hombres que tienen esta misión se llaman profetas. Son hombres que no hablan en nombre propio, sino en nombre de Dios, movidos por su Espíritu.

También Jesús fue un profeta ante los ojos de sus contemporáneos que, impresionados, reconocieron en él «un profeta poderoso en obras y palabras» (Lc 24, 19). Con su vida, y sobre todo con su muerte y resurrección, se acreditó como el profeta por excelencia, pues es el Hijo mismo de Dios. Es lo que afirma la carta a los Hebreos: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1, 1-2).

2. El misterio del profeta de Nazaret no deja de interpelarnos. Su mensaje, recogido en los evangelios, permanece siempre actual a lo largo de los siglos y los milenios. Él mismo dijo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31). En Jesús, su Hijo encarnado, Dios ha dicho la palabra definitiva sobre el hombre y sobre la historia, y la Iglesia vuelve a proponerla siempre con nueva confianza, sabiendo que es la única palabra capaz de dar sentido pleno a la vida del hombre.

Muchas veces la profecía de Jesús puede resultar molesta, pero es siempre saludable. Cristo es signo de contradicción (cf. Lc 2, 34), precisamente porque llega al fondo del alma, obliga a quien lo escucha a replantearse su vida y le pide la conversión del corazón.

Que la Virgen santísima nos ayude a abrirnos dócilmente a la escucha de la palabra de Jesús y a ser sus heraldos y testigos valientes y entusiastas.

(San Juan Pablo II)

sábado, 7 de noviembre de 2015

Confianza total en Dios

La Liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrece como modelos de fe las figuras de dos viudas. Nos las presenta en paralelo: una en el Primer Libro de los Reyes (17, 10-16), la otra en el Evangelio de San Marcos (12, 41-44). Ambas mujeres son muy pobres, y precisamente en tal condición demuestran una gran fe en Dios. La primera aparece en el ciclo de los relatos sobre el profeta Elías, quien, durante un tiempo de carestía, recibe del Señor la orden de ir a la zona de Sidón, por lo tanto fuera de Israel, en territorio pagano. Allí encuentra a esta viuda y le pide agua para beber y un poco de pan. La mujer objeta que sólo le queda un puñado de harina y unas gotas de aceite, pero, puesto que el profeta insiste y le promete que, si le escucha, no faltarán harina y aceite, accede y se ve recompensada. A la segunda viuda, la del Evangelio, la distingue Jesús en el templo de Jerusalén, precisamente junto al tesoro, donde la gente depositaba las ofrendas. Jesús ve que esta mujer pone dos moneditas en el tesoro; entonces llama a los discípulos y explica que su óbolo es más grande que el de los ricos, porque, mientras que estos dan de lo que les sobra, la viuda dio «todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 44).

De estos dos episodios bíblicos, sabiamente situados en paralelo, se puede sacar una preciosa enseñanza sobre la fe, que se presenta como la actitud interior de quien construye la propia vida en Dios, sobre su Palabra, y confía totalmente en Él. La condición de viuda, en la antigüedad, constituía de por sí una condición de grave necesidad. Por ello, en la Biblia, las viudas y los huérfanos son personas que Dios cuida de forma especial: han perdido el apoyo terreno, pero Dios sigue siendo su Esposo, su Padre. Sin embargo, la Escritura dice que la condición objetiva de necesidad, en este caso el hecho de ser viuda, no es suficiente: Dios pide siempre nuestra libre adhesión de fe, que se expresa en el amor a Él y al prójimo. Nadie es tan pobre que no pueda dar algo. Y, en efecto, nuestras viudas de hoy demuestran su fe realizando un gesto de caridad: una hacia el profeta y la otra dando una limosna. De este modo demuestran la unidad inseparable entre fe y caridad, así como entre el amor a Dios y el amor al prójimo —como nos recordaba el Evangelio el domingo pasado—. El Papa san León Magno, cuya memoria celebramos ayer, afirma: «Sobre la balanza de la justicia divina no se pesa la cantidad de los dones, sino el peso de los corazones. La viuda del Evangelio depositó en el tesoro del templo dos monedas de poco valor y superó los dones de todos los ricos. Ningún gesto de bondad carece de sentido delante de Dios, ninguna misericordia permanece sin fruto» (Sermo de jejunio dec. mens., 90, 3).


La Virgen María es ejemplo perfecto de quien se entrega totalmente confiando en Dios. Con esta fe ella dijo su «Heme aquí» al Ángel y acogió la voluntad del Señor. Que María nos ayude también a cada uno de nosotros a reforzar la confianza en Dios y en su Palabra.

(Benedicto XVI)

viernes, 30 de octubre de 2015

El secreto de los santos

¡Cuánto consuela y anima saber que los santos y aun los más señalados por las grandes obras que han realizado, han tenido que sostener las mismas luchas que nosotros y han sentido también las mismas debilidades y desánimos. Mas el Señor, a pesar de estas flaquezas y contando con ellas, los ha escogido para ser instrumento de su Corazón; después de todo, ¿no se sirve Él, para la mayor de sus obras, la Eucaristía, de una pequeña hostia expuesta por su fragilidad a tantos y tantos peligros...?


El secreto de los santos está en esto sólo: en desconfiar totalmente de sí y en confiar mucho y únicamente en Dios.

(Beato Manuel González)


jueves, 19 de marzo de 2015

San José, depositario del misterio de Dios

Cuando María, poco después de la anunciación, se dirigió a la casa de Zacarías para visitar a su pariente Isabel, mientras la saludaba oyó las palabras pronunciadas por Isabel «llena de Espíritu Santo» (Lc 1, 41). Además de las palabras relacionadas con el saludo del ángel en la anunciación, Isabel dijo: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1, 45). Estas palabras han sido el pensamiento-guía de la encíclica Redemptoris Mater, con la cual he pretendido profundizar en las enseñanzas del Concilio Vaticano II que afirma: «La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz» y «precedió» a todos los que, mediante la fe, siguen a Cristo.



Ahora, al comienzo de esta peregrinación, la fe de María se encuentra con la fe de José. Si Isabel dijo de la Madre del Redentor: «Feliz la que ha creído», en cierto sentido se puede aplicar esta bienaventuranza a José, porque él respondió afirmativamente a la Palabra de Dios, cuando le fue transmitida en aquel momento decisivo. En honor a la verdad, José no respondió al «anuncio» del ángel como María; pero hizo como le había ordenado el ángel del Señor y tomó consigo a su esposa. Lo que él hizo es genuina "obediencia de la fe" (cf. Rom 1, 5; 16, 26; 2 Cor 10, 5-6).

Se puede decir que lo que hizo José le unió en modo particularísimo a la fe de María. Aceptó como verdad proveniente de Dios lo que ella ya había aceptado en la anunciación. El Concilio dice al respecto: «Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por él». La frase anteriormente citada, que concierne a la esencia misma de la fe, se refiere plenamente a José de Nazaret.

El, por tanto, se convirtió en el depositario singular del misterio «escondido desde siglos en Dios» (cf. Ef 3, 9), lo mismo que se convirtió María en aquel momento decisivo que el Apóstol llama «la plenitud de los tiempos», cuando «envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» para «rescatar a los que se hallaban bajo la ley», «para que recibieran la filiación adoptiva» (cf. Gál 4, 4-5). «Dispuso Dios —afirma el Concilio— en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2 Pe 1, 4)».

De este misterio divino José es, junto con María, el primer depositario. Con María —y también en relación con María— él participa en esta fase culminante de la autorrevelación de Dios en Cristo, y participa desde el primer instante. Teniendo a la vista el texto de ambos evangelistas Mateo y Lucas, se puede decir también que José es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios, y que, haciéndolo así, sostiene a su esposa en la fe de la divina anunciación. El es asimismo el que ha sido puesto en primer lugar por Dios en la vía de la «peregrinación de la fe», a través de la cual, María, sobre todo en el Calvario y en Pentecostés, precedió de forma eminente y singular.

La vía propia de José, su peregrinación de la fe, se concluirá antes, es decir, antes de que María se detenga ante la Cruz en el Gólgota y antes de que Ella, una vez vuelto Cristo al Padre, se encuentre en el Cenáculo de Pentecostés el día de la manifestación de la Iglesia al mundo, nacida mediante el poder del Espíritu de verdad. Sin embargo, la vía de la fe de José sigue la misma dirección, queda totalmente determinada por el mismo misterio del que él junto con María se había convertido en el primer depositario. La encarnación y la redención constituyen una unidad orgánica e indisoluble, donde el «plan de la revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí». Precisamente por esta unidad el Papa Juan XXIII, que tenía una gran devoción a san José, estableció que en el Canon romano de la Misa, memorial perpetuo de la redención, se incluyera su nombre junto al de María, y antes del de los Apóstoles, de los Sumos Pontífices y de los Mártires.

San Juan Pablo II

Exhortación Apostólica Redemptoris Custos sobre la figura y la misión de san José

martes, 24 de febrero de 2015

Hoy te llamo "Padre", con ternura y de verdad

Martes I de Cuaresma

Is 55, 10-11
Sal 33
Mt 6, 7-15




En la palabra Padre está el fundamento de la Piedad y de toda oración, a saber: la confianza sin cansancio en la misericordia sin medida ni fin de Dios, como Padre en toda la extensión del sentido de ese nombre, el más grande en los cielos y en la tierra..., o sea, confianza en Dios Autor, Conservador, Providencia, Médico, Perdonador, Remunerador, Consejero, Consolador, Amigo...


En la palabra nuestro está la condición esencial de toda oración, a saber: el amor a los hermanos, empezando por el Mayor, Jesús...; ese pedir todos para todos es no excluir a ningún prójimo de mi amor. ¡Ah, sí nos fijáramos un poquito en ese carácter colectivo, familiar, fraternal, que Jesús en su Evangelio, y la Madre Iglesia en su liturgia dan a todas sus oraciones! ¡Cómo no nos sentiríamos tan alejados y tan despegados los unos de los otros! ¡Cómo se cumplirían mejor los dos preceptos fundamentales a que se reduce toda la ley moral: amor a Dios sobre todo y amor al prójimo como nos amó Jesús!

En la palabra que estás en los cielos está el premio definitivo de toda oración: ¡Los cielos! ¡La glorificación suma de Dios y la suma felicidad del hombre! ¡No es esa, en definitiva, la aspiración de todo el que ora bien, como de todo el que obra bien?

(Beato Manuel González)

domingo, 20 de abril de 2014

¡RESUCITÓ!

Jesucristo resucitado es principio, causa y modelo de toda resurrección. Como su ocupación en su vida mortal fue hacer bien a todo  el que se le acercaba, su ocupación en la eternidad es y será la de resucitar y glorificar todo lo suyo.




Jesucristo en la tierra, en su vida mortal como en su vida de Sagrario, es siempre el Sembrador de la Resurrección; en donde quiera que llega el aliento de su boca o el contacto de su mano allí queda siempre un germen de resurrección que florecerá en su día.

 ¡Qué bella es mi fe y qué dilatados horizontes abre delante de mí!
Beato Manuel González


lunes, 1 de abril de 2013

EMAÚS Y EL SAGRARIO


   Una de las grandes dificultades de la oración ante el Sagrario y singularmente de la oración confiada, afectuosa y filialmente íntima, es no acabar de darnos cuenta de que Jesús está allí... vivo, personalmente.
   ¡Se repite tanto en el Sagrario la escena de Emaús, de estar con Jesús sin darnos cuenta de que está con nosotros!
   Diríase que este pasaje es todo un curso de oración eucarística. Como en la Eucaristía, Jesús está en el camino de Emaús real y desconocido, presente e invisible, haciéndose el encontradizo, y los hombres torpes, ciegos, deslumbrados, ¡con cuánta dificultad acaban por encontrarlo! ¡Qué raramente caen en que está allí!
   Peregrinos perpetuos del camino misterioso del Sagrario, ¡cuánto hemos menester aprender de los felices caminantes de Emaús para llegar como ellos a sentir arder el corazón oyéndolo, y a conocer a nuestro Huésped Jesús partiendo el pan!

Beato Manuel González

viernes, 28 de septiembre de 2012

Sorprender a Jesús

Sorprender a Jesús en el Sagrario...
Descubrir la mirada compasiva,
la palabra alentadora, la sonrisa,
el agradecimiento de Dios que "está ahí".

   Sorprender a Jesús en los hermanos...
Descubrirle en las confidencias de los amigos,
en las necesidades del pobre,
en los reproches del desairado...

   Sorprender a Jesús 
en los acontecimientos...
Públicos y privados, grandes y menudos,
dirigiéndolos a favor de los que lo aman...
hablando y atrayendo a los que se alejan
por medio de ellos.

   Sorprender a Jesús 
dentro de mí...
En la profundidad de mi alma...                                               
                                                                                                                          Beato Manuel González, 
"Mi Comunión de María"


DESAFÍO PARA ESTE CURSO... 
¡SORPRENDER A JESÚS!

domingo, 8 de abril de 2012

Resucitar con el corazón


Resucitar con el corazón
es descubrir que en la tumba no acaba nuestra suerte.
Es dejar que la confianza, un plus de vida nos inyecte.
Es hallar al que esperamos y moríamos por verle.
Resucitar con el corazón
es sentir las manos llenas de un gozo que no miente.
Es dejar fluir la vida como un agua de vertiente.
Es repartir los cinco panes entre un millar de gente.
Resucitar con el corazón
es saberse regalado cuando nadie así lo entiende.
Es verse perdonado cuando no se lo merece.
Es enterarse que una herencia nos han dado, sin saber ni cómo viene.
Resucitar con el corazón
es despertar como niño, lo viejo que se duerme.
Es pintar un arco iris, en cada gota, mientras llueve.
Es saber que en el amor queda vencida toda muerte.
Resucitar con el corazón
es encontrar en el bosque, ese claro, donde el cielo puede verse.
Es dar con la vida, que en un pequeño seno, empieza ya a moverse.
Es empaparse de un amor, que por los poros se nos mete.
Resucitar con el corazón
es ocuparse de vivir, pues ni el nacer ni el morir nos pertenece.
Es saber que ante la eternidad por venir, nuestro elegir se compromete.
Es tener la libertad del que ama, que amar, tan solo él quiere.
Resucitar con el corazón
es cruzar con Cristo la puerta estrecha de su Cruz en Viernes,
sabiendo que pasado el sábado, la Vida Nueva del Domingo viene.
Javier Albisu sj

¡¡¡ FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN !!!

martes, 27 de marzo de 2012

¿Qué es la FE?

       "La fe es saber y confiar. Tiene siete rasgos:
* La fe es un puro don de Dios, que recibimos, si lo pedimos ardientemente.
* La fe es la fuerza sobrenatural que nos es necesaria para obtener la salvación.
* La fe exige la voluntad libre y el entendimiento lúcido del hombre cuando acepta la invitación divina.
* La fe es absolutamente cierta, porque tiene la garantía de Jesús.
* La fe es incompleta mientras no sea efectiva en el amor.
* La fe aumenta si escuchamos con más atención la voz de Dios y mediante la oración estamos en un intercambio vivo con él.
* La fe nos permite ya ahora gustar por adelantado la alegría del cielo.

       Muchos dicen que creer les parece poco, que quieren saber. Pero la palabra "creer" tiene dos significados diferentes: cuando un paracaidista pregunta al empleado del aeropuerto: '¿Está bien preparado el paracaídas?' y aquél le responde, indiferente: 'Creo que sí', no será suficiente para él; esto quiere saberlo seguro. Pero si ha pedido a un amigo que le prepare el paracaídas, éste le contestará a la misma pregunta: 'Sí, lo he hecho personalmente. ¡Puedes confiar en mí!' Y el paracaidista replicará: 'Te creo'. Esta fe es mucho más que saber: es certeza. Y ésta es la fe que hizo partir a Abraham a la tierra prometida, ésta es la fe que hizo que los mártires perseveraran hasta la muerte, ésta es la fe que aún hoy mantiene en pie a los cristianos perseguidos. Una fe que afecta a todo el hombre."  (Youcat, 21)

domingo, 26 de febrero de 2012

En lo profundo


EN LO PROFUNDO

En lo profundo no hay nada que no sea sorprendente.
Y sin embargo bajamos tan a poco, y pocas veces.
Acomodamos el pulso a la presión de la rutina.
Nos distanciamos del fondo y del origen de los días…
… y no bajamos, y no bajamos, y no bajamos.
Nos olvidamos del sentido de la Vida,
del propio barro, del primer atardecer…
Y amontonamos un sinfín de tonterías,
buscando en lo que creer.
En lo profundo no hay nadie que no sea diferente,
pero a menudo mostramos sólo aquello que no duele.
Desdibujados detrás de multitud de vanidades…
Tristes, sin sueños, ajenos al Amor… superficiales.
…y no bajamos, y no bajamos, y no bajamos.
Nos olvidamos del sentido de la Vida,
del propio barro, del primer atardecer...
Y amontonamos un sinfín de tonterías,
buscando en lo que creer.
En lo profundo no hay nada que no sea sorprendente…

martes, 21 de febrero de 2012

En Cuaresma...




Cuaresma... Tiempo de subir. Tiempo de bajar. 
Tiempo de escuchar. 
Tiempo de entrar.
Tiempo de encontrarse. 
Tiempo de soledad.
Tiempo de ofrecer. 
Tiempo de orar.
Tiempo de compartir. 
Tiempo de acompañar.
Tiempo de silencio. 
Tiempo de lucha.
Tiempo de paz.
Tiempo de estar. 
Tiempo... de cambiar...